jueves, 16 de agosto de 2012

ETAPA 4: FUENTE DE CANTOS - VILLAFRANCA DE LOS BARROS

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Por el Camino de los Mozárabes: Vía de la Plata

Sábado 19-5-2012 - De Fuente de Cantos a Villafranca de los Barros (46,8 Km.)
Salida: 6.40 - Llegada: 17.10

Y por fin llegó la lluvia

Cielos nubosos, lluvia y temperaturas suaves (máxima de 22º C)



Como en las jornadas anteriores, hoy me había propuesto hacer otra doble etapa, y no había tiempo que perder. Antes de que a las 5.30 h. sonase la alarma, ya estaba despierto. Para no molestar a los otros ocupantes del dormitorio que todavía dormían, saqué con cuidado todo mi equipo y me vestí en el pasillo. Cuando terminé de preparar la mochila, atravesé el patio y me fui al mesón, otra vez disponible para mi solo, a desayunar anchamente algo de lo que había comprado la tarde anterior. Después de tomar un poco de fruta, calenté el batido en el microondas y lo acompañé con unos cuantos bizcochos. Recogí del frigorífico los botellines con bebida que había dejado a enfriar la noche anterior y, una vez ajustada la mochila sobre los hombros, ya estaba dispuesto para comenzar a andar.

Todavía no había amanecido cuando dejé atrás las últimas calles de Fuente de Cantos y me interné de nuevo en la amplia y despejada llanura. El cielo estaba cubierto de nubes que amenazaban lluvia, pero la temperatura era agradable, algo más fresca que en las jornadas anteriores y muy buena para caminar. Tras algo más de una hora de ruta, poco antes de entrar en Calzadilla de los Barros tuve que detenerme para proteger la mochila y ponerme el chubasquero, porque las nubes comenzaron a descargar agua con ganas. El pueblo parecía desierto a esas horas de una mañana de sábado, y las calles mojadas tampoco animaban al personal a salir de sus casas.














Fuera ya de este primer pueblo, el paisaje continúa por los campos de cereal que roturan la amplia llanura desprovista de obstáculos visuales. Sólo la silueta de un toro de Osborne que vigila desde un alto y algunos árboles lejanos rompen el horizonte. Mi marcha prosigue sosegada y en solitario, a ratos acompañado por la lluvia, por pistas y caminos de tierra que avanzan siempre hacia el Norte. En los 15 kilómetros que restan hasta la siguiente localidad, la presencia esporádica de algún cortijo, un pequeño puente sobre el Río Atarja y el cruce de la vía del tren, son los únicos elementos que disimulan la monotonía. Tampoco se ven peregrinos, quizá porque hoy me adelanté en la salida, pero se me pasa el tiempo escuchando música y noticias por la radio del móvil.  La presencia de un nutrido grupo de ciclistas y de dos pastores que conducen un rebaño de ovejas recién esquiladas son, a la entrada de la Puebla de Sancho Pérez, las primeras señales de vida animada de la jornada. Encomendada desde sus orígenes a los caballeros de la Orden de Santiago, tampoco las calles de esta villa transmiten gran cosa; una sucesión monótona de casas bajas entre las que destacan las recias paredes de su iglesia dedicada a Santa Lucía, levantada en el Siglo XVI sobre los restos de otra mudéjar.




















Paso por allí casi sin detenerme, porque a escasos dos kilómetros me espera la ciudad de Zafra que, por poseer un casco antiguo declarado Conjunto Histórico Artístico, será el plato fuerte de la jornada. El itinerario avanza hacia la localidad a lo largo de las vías del tren, y está jalonado por infinidad de antiguas traviesas que esperan apiladas a que alguien les asigne un mejor uso. Ya es casi mediodía cuando llego a la estación antigua. Entre las nubes comienzan a abrirse grandes claros por donde el sol hace sentir de nuevo su presencia, y un pequeño lío con las flechas amarillas me obliga a dar un inesperado rodeo para salir de las instalaciones de la RENFE.














Reconquistada en 1.241 a los musulmanes por Fernando III El Santo, la antigua Safra cuenta hoy con más de 16.000 habitantes y es una de las localidades de mayor importancia de la provincia de Badajoz. Cuna de conquistadores y sede desde siglos atrás de influyentes mercados y ferias de ganado, conserva en una de las columnas de su Plaza Chica la vara de medir usada antiguamente como patrón por los comerciantes. Su antiguo alcázar, construido a lo largo del Siglo XV para albergar el palacio de los Duques de Feria, se usa en la actualidad como Parador Nacional de Turismo. De la misma época son también el Convento de Santa Clara, convertido actualmente en museo, y el Hospital de Santiago.

Denominada popularmente como Sevilla la Chica, la calle más emblemática y comercial de la ciudad es la Calle Sevilla, que une la Plaza Grande con la Plaza de España, situada ésta en el exterior de las murallas que en su día rodearon el casco histórico, y de las que hoy apenas se conserva alguna puerta en forma de arco (Arcos de Jerez y del Cubo) y una de sus torres cilíndricas.
















Aunque exteriormente presenta un aspecto muy austero, la Iglesia de Santa María de la Candelaria se construyó a lo largo del Siglo XVI en estilo gótico isabelino. Es en su interior donde se encuentra una decoración excepcional, con varios excelentes retablos, órgano, sillería del coro, sala capitular y varios cuadros pintados por Zurbarán. Aunque el de mayor apariencia y renombre es el Retablo Mayor, yo destacaría la singular belleza del que está situado en una capilla lateral y dedicado a la Virgen de la Valvanera. Me costó un buen rato sacar una foto "limpia", porque en ese momento estaba allí toda una familia con sus invitados inmortalizando el recuerdo de una primera comunión.




















Después de un buen rato disfrutando de las calles y monumentos de este lugar excepcional se me fue echando el tiempo encima, y antes de continuar la marcha tenía que echar algo al cuerpo porque me quedaban todavía 21 kilómetros para poner fin a la jornada. Junto al arco de San Antonio encontré un bareto de aspecto amable, el Bar Crespo, al que entré con intención de tomar una cerveza bien fría y algo de comer. Como el dueño me dijo que tenían tortilla, pensé que había dado con el lugar adecuado.
- ¿Son grandes los pinchos?
- No muy grandes.
- Pues entonces póngame dos, que vengo con un poco de hambre y aún me queda mucho por andar.
La primera sorpresa fue cuando, con la jarra de cerveza, el hombre me trae en un platito dos triángulos de tortilla no mayores que una porción de el Caserío, que juntos no completaban una tapa de las que se pueden considerar de tamaño normal. La segunda, cuando al intentar hincarles el diente compruebo que es tortilla del día anterior recalentada en el microondas. Y la tercera, cuando me cobra 6,60 euros por el servicio. ¡Nada menos que dos eurazos por cada "minipincho" y el resto por la ceveza!
- ¿Seguro que no se ha equivocado?
- ¡Seguro que no! ¡Si precisamente los pinchos de tortilla son las tapas más baratitas que tenemos!
Lo que se me pasó por la cabeza en ese momento es mejor evitar detallarlo... ¿Me habrá visto cara de guiri? ¿Tendré aspecto quizá de estúpido extraviado? ...y, forzando el semblante de bondadoso peregrino acostumbrado a sufrir en silencio los más duros reveses del destino, pagué la cuenta y me marché sin decir nada, pero rumiándolo todo para mis adentros, y prometiéndome que a partir de ahora preguntaría antes el precio de cada consumición.














Con mal sabor de boca y un recuerdo agridulce busqué de nuevo la orientación de las flechas amarillas y, poniendo rumbo al camino de los Santos, pasé junto a la Torre de San Francisco, único vestigio de un  antiguo convento del Siglo XVI y casi último edificio de Zafra. Tras un buen rato de subir por un camino en pendiente se llega a la cima de la Sierra de San Cristóbal, antigua frontera entre las provincias romanas de La Bética y Lusitania, y desde donde se ve a tiro de piedra la próxima localidad de Los Santos de Maimona. Aquí la vasta llanura ya queda atrás, el paisaje se vuelve más verde y la ruta avanza entre terrenos de monte bajo, olivares y viñedos.

















El centro del pueblo se atraviesa cruzando la Plaza de España, delimitada en uno de sus costados por la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que cuenta con una interesante fachada plateresca. Tras recorrer varias de sus calles y salir al campo cruzando el puente que salva la Rivera del Robledillo, algo interrumpe mi avance de manera inesperada. Se trata de un caballo de apariencia dócil que se encuentra plantado en medio de la vía, y que probablemente ha logrado salir sin permiso de una de las fincas de al lado. Desde lejos comienzo dándole voces, con intención de que deje el paso libre, pero parece no darse por enterado. Continúo aproximándome y levantando los brazos, y el muy testarudo continúa en sus trece, con la cabeza gacha y sin mover una pestaña. Intensifico entonces la intensidad de mis gestos y llamadas al orden, haciéndole ver que llevo un bastón que amenaza su integridad en caso de desobediencia, pero ni con esas. Parece que se ha tomado en serio el papel de "caballero templario" que controla el camino e impide el paso de extraños. Mi actitud es firme, pero cuando ya estoy muy próximo al noble animal, que sigue sin levantar la cabeza ni torcer el gesto, el muy burro comienza a rosmar ostensiblemente y a escarbar en el suelo con una pata, como si de un toro bravo se tratase... Y aquí, abandonado a mi suerte en la inmensidad de Extremadura, a escasos cinco metros de esta "auténtica fiera", decido olvidar mi gallardía y dar un pequeño rodeo, saliéndome de los límites del camino para seguir avanzando. Eso sí, cuando hube superado tamaño obstáculo, me descargué con un socorrido insulto hacia tan impertinente centinela, mientras que él, inamovible, sólo variaba la orientación de su cuello para seguir observándome...

















Recuperada la normalidad, continué el buen ritmo que llevaba por un terreno bastante favorable entre olivos centenarios y extensos viñedos, avanzando por agradables y silenciosos caminos donde a cada paso los conejos corren tratando de esconderse en sus madrigueras y las perdices levantan el vuelo para escapar de este extraño que perturba la paz a su paso. Pequeños cerros y entretenidos paisajes de dehesa donde, después de seguirle durante un buen trecho, me encuentro con un peregrino francés que también lleva un buen paso, y que al desearle un buen camino todavía no soy consciente de que volveremos a compartir varios tramos en las etapas que vendrán después.

Al llegar a la altura de la ermita de San Isidro se sobrepasa el trazado de la Autovía de La Plata, la carretera N-630 y la vía del tren, y se entra en una amplia llanura de cuidados viñedos, encuadrados en la denominación de origen Ribera del Guadiana, que está dominada en el horizonte por la alargada silueta del que será mi destino final de esta interminable etapa de hoy, la localidad de Villafranca de los Barros.


Con sus 13.000 habitantes Villafranca es, junto con Almendralejo, una de las principales localidades de la Comarca de los Barros, y fundamenta en esos interminables viñedos asentados sobre sus suelo arcilloso una de sus principales actividades económicas. La extensa población está cruzada a modo de cicatriz por los cauces ahora secos de los arroyos de Bonhabal y de Valquemao, que se unen al noroeste de la villa para terminar muriendo junto a otros muchos que conforman el Río Guadiana.

Uno de sus varios albergues está situado en la primera planta del nº 26 de la Calle del Carmen, y allí me dirijo con intención de buscar alojamiento y reposo. Es privado, está recién abierto, y por 12 euros ofrece unas buenas instalaciones y un trato agradable. No lo pienso más y me adjudico la cama inferior de una de sus literas. Después del lavado de ropa y una buena ducha, no me queda más que dar cuenta del bocadillo que ha viajado toda la jornada conmigo para comenzar a pensar en la etapa siguiente y salir a conocer el pueblo.






















Calificada como Ciudad de la Música, por la raigambre de sus numerosas agrupaciones populares, bandas y sociedades corales, Villafranca cuenta también con un envidiable patrimonio artístico. Destaca entre sus edificios la Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Valle, cuya construcción se inició a principios del Siglo XVI bajo el patrocinio de los caballeros de la Orden de Santiago. Además de gran torre que corona la Portada del Perdón, cuenta en el interior de sus tres naves con otros elementos de estilo isabelino, entre los que sobresale el magnífico Retablo Mayor. La Ermita de la Virgen de Coronada y la Iglesia del Carmen son otros de sus edificios de carácter religioso, y entre su arquitectura civil hay que mencionar la Plaza de Toros y el edificio restaurado de la antigua Fábrica de Harinas, habilitado como Casa de la Cultura.

Pero, después de un amplio garbeo de reconocimiento turístico, tengo que ir a lo práctico y pensar en el avituallamiento de la próxima etapa. Me informan de que, a estas horas de una tarde de sábado, el único supermercado abierto es un DIA que se encuentra en el polígono industrial a las afueras de la ciudad, lo que me obliga sin remedio a dar otra larga caminata.
















De vuelta al albergue, ya sin ganas para muchas alegrías, mientras me preparo para llevar en la mochila un bocadillo de tortilla de atún, con tomate y aceite de oliva, el hospitalero me ofrece compartir una botella de vino de la tierra, lo que también nos da motivo para entablar una agradable conversación con una pareja de norteños de mediana edad, navarrica ella y vizcaíno él, con los que compartimos la mesa del comedor.

Pero, aunque ya estaba cansado de esta larga jornada, no me podía ir a dormir sin ver la final de la Champions League que se disputaba hoy en Múnich. Sentado cómodamente junto a unos italianos en el sofá de la sala de televisión, fui testigo de que el fútbol ruin y ultradefensivo que le dio la victoria al Chelsea sobre el Bayern en los penaltis, puede llegar a obtener iguales o mejores resultados que el arte en el manejo del balón que demuestran los Iniesta, Xabi, Messi y compañía. Y poco después, mientras en el saco de dormir me dedicaba a reflexionar sobre pensamientos tan profundos, fui perdiendo progresivamente la conciencia hasta quedar plácidamente dormido.


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6 comentarios:

Nando dijo...

Lo del Bar Crespo queda anotado. Me preocupa más lo del caballo y tu incapacidad para doblegar al noble bruto, que no entendió voces ni gritos.

Anónimo dijo...

Miguel como siempre un placer leer tus cronicas. incluso sin participar en ellas

Miguel Aradas dijo...

Nando, tú sabes que el buen peregrino no busca conflictos e intenta pasar desapercibido...

...por la cuenta que le tiene.

Miguel Aradas dijo...

Anónimo, gracias por el elogio. Creo que contigo ya he compartido algunas.

Lola Hiniesto dijo...

Lo del caballo me suena a aventura quijotesca, ¿seguro era caballo y no podenco? Mire, mi señor, que había ingerido poco en el Crespo y las fuerzas no habían de ser muchas... la vista se nubla en tales circunstancias.

Miguel Aradas dijo...

Lo del caballo fue real como la vida misma, y no estaba yo en esos días para luchar con molinos...
...ni con gigantes.